Espartero, el militar liberal que pudo reinar (y II)

Dejamos a Espartero siendo elegido como Regente, continuemos.

Como Regente, Espartero se encontró con numerosos problemas, el primero las acusaciones, un tanto ciertas por otro lado, de favorecer siempre a sus compañeros de armas desde los tiempos de la guerra en América y por otro lado el creciente descontento del ejército, cuando se hizo imposible pagar sus sueldos por el ingente número de oficiales que lo encarecía. Como medidas políticas se continuó con la Desamortización emprendida por Mendizábal y se amplió la libertad de prensa y de expresión. Pero en 1841 se produjo un Pronunciamiento encabezado por todos los contrarios a Espartero, moderados, conservadores y carlistas  que pretendía volver a reinstaurar a María Cristina como Regente. Pero el gobierno se enteró antes de que se pudieran organizar y consiguió desbaratarlo, generales como Narváez y O’Donnell tuvieron que exiliarse, y otros, como Diego de León, acabaron fusilados.

Pero a Espartero le aumentaron los problemas, en parte causados por su autoritarismo como Regente y su fuerte intervención en los gobiernos y las Cortes, que acabó por separarlo de sus aliados políticos y provocarle un gran deterioro de su imagen ante la opinión pública, sobre todo por su manejo de las insurrecciones en Barcelona. Ya en 1841 disolvió un levantamiento izquierdista con extrema dureza, pero en 1842, debido a la gran represión ejercida, estalló un nuevo levantamiento popular que hizo retroceder a las tropas gubernamentales hacia el Castillo de Montjuic y la Ciudadela, donde se atrincheraron. La respuesta de Espartero fue desproporcionada, sitió la ciudad y amenazó con bombardearla, negándose a pactar con los insurrectos e iniciando el ataque, al día siguiente, tras cientos de casas y edificios públicos destruidos y quemados, la ciudad se rindió. La represión fue igualmente brutal y la imagen de Espartero quedó seriamente dañada.

Representación del Bombardeo de Barcelona

Representación del Bombardeo de Barcelona

Al año siguiente Espartero convocó elecciones, que ganó el bloque anti-esparterista, conformado por todas las fuerzas políticas contrarias a él, incluidos dos tercios de los progresistas, que acabaron con un gobierno afín y nombraron uno contrario a él, pero Espartero lo tumbó, lo que provocó una reacción en su contra, que se negó a aceptar otro gobierno, quedando las Cortes suspendidas. Este ataque a la legalidad se unió al descontento popular y estalló un Levantamiento, encabezado por los militares como Juan Prim, Milán del Bosch, Narváez o Serrano. Espartero intentó combatirlos, pero mientras se encontraba en Sevilla, sus últimas tropas leales se pasaron al bando insurrecto tras la corta Batalla de Torrejón de Ardoz, viéndose vencido, Espartero se marcha al exilio a Inglaterra desde Cádiz.

Durante los siguientes 5 años estará en Londres, pero manejando desde la sombras a parte del Partido Progresista, tras su marcha, Isabel II fue declarada adulta y Narváez, moderado, se hizo con el poder. Pero la reina, a pesar de su apoyo a los moderados, buscó la reconciliación con Espartero, ya que el país seguía siendo inestable y Espartero seguía siendo su mejor militar, así pudo regresar en 1848 y se instaló en Logroño, lejos de la vida pública, pero siempre fue tremendamente popular.

Cuadro de O’Donnell

Cuadro de O’Donnell

Pero en 1854 se produjo un nuevo Levantamiento y el Manifiesto de Manzanares, esta vez contra la corrupción de los gobiernos moderados liderados por Narváez y permitidos por la reina, encabezado por O’Donnell y Serrano, los intentos del gobierno por pararlo fueron infructuosos y al final la reina hizo llamar a Espartero para nombrarlo Presidente y O’Donnell se convirtió en el Ministro de Guerra, inaugurando el Bienio Progresista. Pero los revolucionarios pronto se pudieron sentir decepcionados ante el corte más bien conservador del nuevo gobierno, que no cumplió con las expectativas de cambio. Al final, como venía siendo habitual, tuvo problemas con los dos extremos políticos, los demócratas que reclamaban más libertades e incluso intentaron una nueva revolución, y los conservadores católicos, que se rasgaron las vestiduras ante una nueva desamortización.

El movimiento obrero creció mucho por esta época, y ante los nuevos desmanes de los militares a cargo de Espartero en Barcelona, se convocó la primera huelga general de España en 1855, que Espartero resolvió esta vez como diplomacia y política, ganándose el respeto de la clase obrera. El otro gran problema fue la falta de alimentos y epidemias que el gobierno no supo paliar. Todo esto fue usado por O’Donnell y los suyos para conspirar contra él y tumbar su gobierno en 1856. Espartero dimitiría alegando problemas de salud.

Estatua de Espartero en Logroño

Estatua de Espartero en Logroño

Espartero, que ya contaba con 63 años, decidió retirarse de la vida política y volver a Logroño, donde llevó una vida placentera. Tal era su fama que tras la Revolución de 1868 que le costó el trono a Isabel II, él fue uno de los posibles candidatos que se barajaron a ser el nuevo Rey de España, pero él rechazó con cortesía el ofrecimiento, aduciendo que ya era demasiado mayor. Pasó sus últimos años de vida rodeado de sus paisanos, que lo adoraban y como referente para muchos políticos posteriores. Murió el 8 de enero de 1879.