Las mujeres son guerreras (XXI): Catalina de Erauso, la Monja Alferez

Catalina Erauso y Pérez Galarraga, conocida como la Monja Alférez, fue uno de los personajes más interesantes del Siglo de Oro Español, soldado ejemplar pero con una personalidad demasiado explosiva, toda su vida es de novela. 

Nacida en San Sebastián hacia finales del siglo XVI, hija de un importante militar a las órdenes de Felipe III, se crió en un ambiente marcial que la influiría para siempre. Aún así, siendo aún pequeña fue enviada junto con sus hermanas al convento regido por su tía para ser educada, pero Catalina no aceptaba esa vida y se rebeló desde el primer momento, fue trasladada a un convento más rígido, pero nada cambió, con 15 años consiguió escaparse vistiéndose de hombre y cortándose el pelo. 

 Retrato de Catalina por Juan van der Hamen

Retrato de Catalina por Juan van der Hamen

Estuvo vagabundeando hasta que llegó a Valladolid, capital de la corte real, y de nuevo disfrazada de hombre, bajo el nombre de Francisco de Loyola, empezó a servir como paje para Juan de Idiáquez, secretario del rey, pero tuvo que escapar cuando su padre llegó a la corte para visitar al secretario, muy amigo suyo. Su padre la estaba buscando, y aunque no la reconoció cuando la vio de paje, Catalina decidió no forzar su suerte. Marchó a Bilbao, donde estuvo encarcelada por una pelea. Ya no abandonó sus vestimentas masculinas y usó distinto nombres, volviendo a trabajar de paje para un importante señor navarro durante unos años e incluso volviendo a San Sebastián. En 1603, en Sanlucar de Barrameda, consiguió una plaza de grumete en el barco del capitán Esteban Eguino, casualmente primo de su madre, y embarcó hacia las Américas.

Un vez en América, cuando tenían que volver con la plata recogida, mató a su tío y robó 500 pesos, escapando a Panamá, donde encontró trabajo, que la llevaría hasta el Virreinato de Perú, donde se instaló sirviendo a un mercader, Juan de Urquiza, pero su mal carácter la volvió a meter en problemas y acabó en la cárcel tras rajarle la cara a un muchacho en un duelo. Tras salir de la cárcel gracias a su señor, el retado volvió a por ella con unos amigos, donde Catalina, con un compañero, dio muerte a uno de sus enemigos, volviendo a la cárcel. Al final Juan de Urquiza la mandó a Lima. Pero allí, aunque al principio le fue bien, parece que tuvo algún lío de faldas con una mujer, y se quedó sin empleo, teniendo que apuntarse como soldado a las órdenes del capitán Gonzalo Rodríguez, que con 1600 hombres pretendía tomar Chile.

 Catalina luchando contra los mapuches

Catalina luchando contra los mapuches

Para 1619 se dedicó a guerrear contra los mapuches, demostrando gran genio para la vida de soldado. Incluso quedó bajo la protección del secretario del gobernador, su propio hermano, Miguel de Erauso, que no la reconoció, pero tras un lío de faldas en el que estuvieron implicados los dos, tuvo que marchar al frente, destacando como soldado en las Guerras de Arauco.

En las siguientes batallas ganó el grado de alférez y después asumió el mando de su compañía al morir el capitán. Pero todo lo que tenía de valiente, lo tenía de cruel, y las quejas elevadas por ese motivo le impidieron seguir ascendiendo. Frustrada, se volvió completamente inestable, asesinó y destruyó todo lo que pudo, acabó matando a su hermano Miguel de Arauso en un duelo y acabó encarcelada. 

Acabó huyendo a Argentina y después a Potosí, donde todo fueron peleas, acusaciones, robos, líos de faldas, luchas con los indígenas y algún muerto que otro. 

En 1623 fue detenida en Perú y para evitar que la ejecutasen confesó al obispo Agustín de Carvajal que era una mujer, y tras un examen en el que se demostró que además era virgen, fue enviada a España. Allí la recibió el rey Felipe IV, que fascinado por su historia le permitió mantener su grado militar y le dio una pensión por su desempeño en Chile y la apodó la Monja Alférez. Catalina se hizo muy famosa y viajó por Europa, llegando a conocer al papa Urbano VIII en Roma, que le concedió el derecho a vestir ropa de hombre, algo impensable en la época.

 Estatua de Catalina en San Sebastián

Estatua de Catalina en San Sebastián

En 1630 volvió a América, a Veracruz, donde puso un negocio de arriero, oficio en el que se había desempeñado de joven, muriendo muchos años después, sobre 1650, durante uno de sus viajes, posiblemente en Cotaxtla.

Durante mucho tiempo su figura fue muy reconocida, gracias a su autobiografía y a numerosas obras sobre su vida, pero poco a poco fue cayendo en el olvido, pero semejante personaje merece su sitio en la historia.