El Gran Duque de Alba, el mejor general de Felipe II

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III Duque de Alba (entre otros muchos títulos), Grande de España y Mayordomo Mayor de Carlos I y Felipe II. Está considerado el mejor general de su tiempo, además de ser una auténtica pesadilla para los holandeses de su época, a los que trató con una dureza extrema.

Nacido en 1507, a los 24 años heredó el Ducado de Alba directamente de su abuelo. Su educación fue exquisita y llegó a hablar varios idiomas. También desde muy joven empezó una vida de soldado, siendo adolescente ya había participado en alguna batalla.

En 1532, Carlos I lo puso al frente de un enorme ejército para luchar contra los otomanos en Viena, junto a él marchaba también Garcilaso de la Vega, muy buen amigo suyo durante toda la vida. Los otomanos se retiraron sin luchar, pero Alba pudo resarcirse unos años más tarde derrotándolos en Túnez, venciendo al famoso Barbarroja. Este se la devolvió en el 41 en Argel.

Ese mismo año fue nombrado Mayordomo Mayor del Rey por Carlos I y en el 46 fue nombrado Caballero del Toisón de Oro por su fidelidad. Poco después marchó a Alemania con el rey a defender los intereses de la Corona contra los protestantes, siendo decisivo.

 Carlos I y Felipe II por Antonio Arias Fernández

Carlos I y Felipe II por Antonio Arias Fernández

Carlos I vinculó a Alba con su hijo Felipe, y una vez que esté subió  al trono mantuvo a Alba a su lado. Incluso estuvo en Inglaterra en la malograda boda de Felipe II con María Tudor

En 1555, el papa Paulo IV, junto con el rey francés, intentaron echar a España de Italia, y allí marchó de nuevo Alba, luchando a la defensiva consiguió agotar a Francia y entrar en Roma en el 57, obligando al papa a firmar la paz. Gracias a esto, dos años después se firmó la paz entre España y Francia, sellada con el matrimonio de Felipe II (el tercero ya, que las esposas le duraban un suspiro...) con Isabel de Valois. Una boda por poderes donde Alba representó al rey.

Con Italia pacificada, los problemas empezaron en los Países Bajos, Alba fue enviado allí como gobernador en 1567 para poner paz. Hombre profundamente católico, descubrió con horror que la rebelión protestante alcanzaba a la nobleza e instauró el Tribunal de los Tumultos, una suerte de inquisición político-religiosa que se encargó de sentenciar a muerte a los cabecillas, incluido el Conde de Egmont, amigo personal suyo, nadie se salvó de la rígida justicia del Duque

 La ejecución de Egmont

La ejecución de Egmont

Holanda en general se levantó en rebeldía contra España, pero Alba, de nuevo, con los Tercios de su lado, aplastó la rebelión en la batalla de Jemmingen a Luis de Nassau y más tarde al gran líder protestante Guillermo de Orange

Su gobierno estuvo lleno de claroscuros, reformó la administración y el fisco para hacerlos más efectivos, a la vez, mejoro las leyes e impulsó las universidades. Pero al mismo tiempo, se dedicó a perseguir protestantes y a quemar libros prohibidos. Pero el exceso de celo con los impuestos y su mano blanda con los desmanes de sus soldados provocó una nueva rebelión que Alba intentó atajar con brutales ataques a ciudades protestantes y más represión (llegaron a morir más de 1000 personas en su tribunal), que le valieron el sobrenombre del Duque de Hierro. Al final, viendo Felipe II que la cosa se iba de madre y a pesar de su total confianza en el Duque, decide que vuelva a España en 1573. A partir de este momento, Felipe II prefiere buscar la paz a través de la negociación, cosa que nunca gustaría a Alba, y que a la larga también se demostraría infructuosa.

  Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel , el duque de Alba

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el duque de Alba

Sus servicios volvieron a ser necesarios en 1580, al morir el rey de Portugal Sebastián I en batalla y no dejar descendencia, lo que provocó una crisis de sucesión entre Felipe II, tío del anterior, y Antonio, Prior de Crato, otro tío del fallecido rey. Alba, que ya contaba con 72 años, marchó a Portugal con 40.000 hombres y derrotaría al ejército del opositor cerca de Lisboa, consiguiendo que Felipe II sea nombrado rey de Portugal.

Moriría dos años después, conservando todos los honores, incluido su último título de Virrey de Portugal. Y con él se marchaba el mejor líder militar, quizás no tanto político, que tuvo el Imperio español en mucho tiempo.