¿Quién es el loco?

-¿Qué quiere de postre?- preguntó el camarero retirando el plato casi intacto de lasaña.
-Tomaré macedonia, gracias.- contestó Sebastián sin apenas mirarle.
El camarero le llevó el postre y, dispuesto a ir a otra mesa, él le interrumpió.
-Espere-dijo con brusquedad después de haber contado rápidamente el número de variedades de frutas. -Tráigame siete platos limpios y pequeños. O cuencos, si tiene.-
El chico le miró extrañado e hizo lo que le pidió.
Cuando se quedó solo, Sebastián empezó a separar la fruta en los cuencos de manera meticulosa, haciendo diferentes montones con la naranja, plátano, manzana, pera, piña, kiwi y fresas.

Desde la barra los camareros le miraban disimuladamente con asombro.
-Yo creo que está loco-dijo uno.
-O aburrido- contestó otra.
No podían evitar mirarle, pues sus movimientos eran hipnóticos y era fascinante ver aquella tarea.
Cuando hubo acabado, cogió una fruta de cada cuenco y las fue poniendo en el plato grande haciendo diferentes formas, unas más grandes y otras más pequeñas. Se quedó mirándolas e hizo algunas modificaciones: cortó algunos trozos, aplastó otros, cambió de orden las infinitas figuras hasta que pareció quedarse convencido y se comió la fruta.

Durante los siguientes meses fue todos los días al bar para repetir el mismo ritual. A veces los clientes habituales miraban de reojo el raro pasatiempo de Sebastián, que siempre en silencio y concentrado colocaba y observaba la fruta hasta que daba por aprobados los resultados.
Un día el camarero, lleno de curiosidad, se acercó con los siete cuencos y se atrevió a hablarle:
-Perdone, ¿qué es lo que hace todos los días?-le dijo con cautela.
-Jugar, entretenerme ¿Por qué?- le contestó Sebastián con naturalidad.
-Ejem, pues es que aquí alguna gente comienza a verlo raro, y bueno tenía interés por saber que hacía. ¿Tiene usted familia o amigos por aquí?-se interesó con torpeza.
-Mi familia y amigos no comen todos los días conmigo. Muchacho, le dejaré tranquilo: no estoy loco.-dijo sosegado y sonriente.
-No, verá, no me malinterprete, es la gente que ya sabe...comentan y les gusta hablar de más-se excusa el camarero.
Sebastián le pide que se siente en su mesa y él se pone enfrente.
-¿Que gente?-susurra- Mire esa pareja joven, los dos con su teléfono móvil. No se han hablado en la última  media hora-dice señalando una mesa. -Fíjese en ese grupo de ahí, están sacándole tantas fotos a la paella con el teléfono que se les va a enfriar. Y mire ese padre con su hija, él hablando con el dichoso aparato y ella chateando con sus compañeros de instituto a los que acaba de ver, y un largo etcétera. Esto ocurre aquí todos los días.-le dice mientras señala con disimulo las mesas.
-Vivimos en un mundo raro-prosiguió Sebastián-. De todas las mesas que tiene en su bar, se ha acercado a la mía por considerarme un extraño. No le culpo por ello, pero en cambio yo considero de otro mundo a esta gente que me rodea, a la que usted y la mayoría ven normal. No se comunican ni interactúan, y a mi eso me produce una mezcla de asombro y tristeza. Seguro que si esto de la fruta lo hago con un dispositivo electrónico esa gente a la que le gusta hablar se hubiera acercado para preguntarme el nombre de la aplicación de mi pasatiempo o, mejor dicho, me lo habría consultado por mensaje instantáneo.-concluye Sebastian.
El camarero le sonríe afirmando y se levanta lentamente. Puede que ese hombre esté loco o enfermo, o puede que, simplemente, sea el único sano del planeta.