Faneca brava

Allá por mediados de los ochenta, era una niña feliz. Atesoraba mis primeros miedos, eso sí, pero jugaba con imaginativas estrategias para hacerles frente. Uno de ellos era el mar.

En concreto, el mar abierto y bravo de la costa de Valcovo, una playa a unos diez kilómetros de A Coruña, de la que aun aúlla su viento indómito por mi cabeza. Pero no había problema si me adentraba en él con mi flotador rojo, desinflado (pinchado), rodeando mi cintura como una pequeña faldita de volante. Ningún mayor vio la necesidad de hacer nada al respecto. Eramos hippies. Y a esa edad, brincaba hacia el mar en pelota picada.

No faltaba además, y seguro que era cosa de mi abuela, mis pies cubiertos por esas sandalias-armario que en intento de hacerlas “transparentes” lograban el efecto contrario, y que dudo que algún inspirado publicista consiga hacernos creer en algún momento que son muy in, las sandalias cangrejeras. Pero en palabras de mi abuela, me hacían muy pavera. De esta guisa tan yeyé desafiaba yo mis primeras olas. Mi amiga Alba era  más lanzada y aventurera, y sin sandalias ni flotador pinchado me llevaba siempre ventaja por el mar adiante,  y a veces solo veía su cabeza a los lejos con su pelo salpicado por la espuma batiente.

El 30 de Julio le picó un escarapote. El día de su cumpleaños. Cojeaba hacia la orilla y su padre le cogió en brazos y la llevó a la arena mojada. Creo que varios se ofrecieron a hacerle pis en el pie, ese instinto solidario que parece que le entra a la gente ante los infortunios en la playa, justo antes de la oportuna llegada del socorrista. Miró mi flotador y yo curiosa le miré a él.  Cuidadosamente empapó el pie de mi amiga con unas gasas calientes y se la llevó a la caseta a hacer las curas.

Los escarapotes o fanecas bravas son más populares en Galicia que los chiringuitos a la beira de la playa. Y cada uno hace daño a su modo.

Su nombre científico es Trachinus draco y habita en aguas frías del mar Mediterráneo y del Este Atlántico, véase Galicia. De color pardo verdoso con manchas más oscuras y algunas línea oblicuas pardo amarillentas, con ojos muy dorsales y juntos (¿alguno de vosotros lo ha visto? ¿será que tanto se mimetiza con la arena?). Dicen que es sedentario y bentónico, esto es, que vive en contacto con el fondo del mar (bonita palabra ¿verdad?).
Rastrean la arena en la bajamar, sobre todo en las zonas próximas a las rocas, y si tenemos la destreza de cruzarnos en su camino es probable que nos llevemos un recuerdo del veneno que sueltan los radios espinosos de su aleta dorsal. La toxina posee propiedades vasoconstrictoras y al contacto con nuestro cuerpo provoca un dolor intenso que tarda poco en irradiarse por todo el miembro y hace que te acuerdes de toda la familia del pez . La toxina es termolábil y se inactiva con el calor, por eso es muy buena idea aplicar o sumergir el miembro en agua caliente (sobre 45 C). Claro son muy pocos son los que llevan agua a esa temperatura a la playa y la información, aunque curiosa, resulta poco práctica.

El escarapote volvió a manifestarse, justo al cabo de un año, y esta vez fue mi padre el que pasó por encima de su lomo. Al año siguiente, fue el hermano de Alba. Seguro que el pobre bicho hubiera querido sacar un cartel (por favor, estoy aquí, no veis que soy sedentario? Dejad de pisarme!). Todos los años celebramos el cumpleaños con alguien con un pie arponado a la virulé. A mí no me tocó, con la constancia de mi abuela de meterme en la bolsita de playa aquellas singulares sandalias.