Científicas en la sombra: Marie Curie

Marie Curie es la gran científica por excelencia, ganadora de dos premios Nobel, sus descubrimientos en el campo de la radiactividad fueron fundamentales. Aún así, el hecho de ser mujer le supuso muchas dificultades.

Nacida como Maria Salomea Skłodowska en Varsovia en 1867, siempre quiso dedicarse a la ciencia, y sus primeros años los pasó en la Universidad flotante una institución semiilegal donde empezaron sus estudios. De allí marchó a París en 1891, estudió física, química y matemáticas, siendo ella una de las pocas mujeres aceptadas. Para 1894 tenía una doble licenciatura a pesar de los apuros económicos qué pasó. Enseguida comenzó a investigar, y al poco tiempo conocería a Pierre Curie, siendo la ciencia los que los uniría como pareja. En 1894 volvió a Varsovia esperando conseguir trabajo en la universidad, pero la rechazaron por se mujer, por lo que volvió a París donde se casó con Pierre y obtuvo su doctorado investigando sobre el uranio.

Sus investigaciones sobre la radiación las realizaban en un cobertizo sin ningún tipo de protección, ya que en este momento aún no se conocían lo nocivo que era exponerse así a semejantes dosis de la misma. Todas estas investigaciones le llevaron a descubrir en 1898 dos nuevos elementos, el Polonio, la tierra natal de Marie, repartida entre tres imperios, y el Radio, de dónde saldría el término radioactividad. En los siguientes 4 años ella y su marido publicarían más de 30 artículos sobre el tema. 

En 1900, por fin empezaron a reconocer su labor nombrándola catedrática de la Escuela Normal Superior, la más prestigiosa universidad científica de Francia. Los Curie empezaron por fin a ser subvencionados por el estado para sus investigaciones y a recibir honores y premios y para 1903 Marie obtuvo su doctorado cum laude. Ese año empezaron también los problemas de salud derivados de su larga exposición a la radiación

También en 1903 le llegó el reconocimiento siendo galardonada con el Nobel de Física junto a Pierre Curie y Henri Becquerel, pero esto no era el plan inicial de la Academia, que no quería reconocer su trabajo por ser mujer, su marido tuvo que insistir muchísimo para que reconocieran su aportación y la incluyeran en el premio, convirtiéndose en la primera mujer en conseguir un Nobel. Durante todo este tiempo,  su trabajo había sido miminizado por tres motivos, ser mujer, extranjera y atea. 

Pero la tragedia la golpeó en 1906 tras la muerte en un accidente de Pierre, aunque muy deprimida decidió seguir trabajando y consiguió la plaza de profesor de la Universidad de París de su marido, convirtiéndose, de nuevo, en la primera en hacerlo y también la primera en dirigir un laboratorio, aunque este no cumplió sus necesidades hasta 1909. Cada vez era más famosas y muchas academias científicas la eligieron como miembro, a excepción de la de Francia, que siempre la trató con desdén, como la mayoría de la prensa y la sociedad francesas de la época.

 Marie y Pierre Curie

Marie y Pierre Curie

Pero internacionalmente era otra cosa, la Academia de Suecia, de la que era miembro, la volvió a galardonar con el Nobel, esta vez de Química, en 1911, siendo la primera persona en la historia en conseguir dos galardones. Aunque su gran pasión estos años era el Instituto de Radio (hoy Instituto Curie) para investigación contra el cáncer.

Pero la llegada de la Primera Guerra Mundial detuvo sus investigaciones. Mientras estaba en París primero y luego en Burdeos, pudo ver como volvían del frente soldados malheridos y encontró la forma de ayudarlos, diseñó unas ambulancias con unidades de radiología para poder hacer radiografías en los hospitales de guerra y ayudar a los médicos a hacer mejor su trabajo. Junto a su hija Irene montaron decenas de unidades en los distintos hospitales, e incluso consiguió ser de las primeras mujeres con carnet de conducir para llevar sus ambulancias (conocidas como Petit Curie) al frente. Se estima que 1 millón de soldados usaron sus equipos, pero de nuevo el gobierno francés le negó cualquier reconocimiento al acabar la guerra.

Durante los siguientes años siguió con sus investigaciones, y sobre todo, reuniendo fondos para ellas, y como siempre, siendo más reconocida internacionalmente que en Francia. 

El 4 de julio de 1934, una anemia aplásica, casi seguro contraída por sus exposición a al radiación, acabó con ella. Hasta ese momento no se fue consciente de lo peligrosa que era la radiación y ella la manipuló siempre sin ninguna medida de protección, dejando piezas radioactivas en sus bolsillos y en los cajones, donde observó su luminiscencia por las noches. La mayoría de sus trabajos y sus equipo es altamente radioactivo incluso a día de hoy, siendo guardado en cajas de plomo. Desde 1995 sus restos descansan junto a su marido en el Panteón de París junto a otros grandes personajes franceses, al final Francia reconoció su excelencia.