El Imperio Carolingio, heredero de Roma

En los siglos VIII y IX, Europa estuvo dominada por el poder de los francos, que constituyeron en el corazón de Europa el Imperio Carolingio, que recuperó parte del esplendor romano de siglos atrás, paró el avance musulmán y fue el germen en su división de dos de los países europeos más importantes, Francia y Alemania.

Los Francos llevaban asentados en lo que es, más o menos, la actual Francia desde la caída del Imperio romano, con la Dinastía Merovingia gobernando, pero estos fueron perdiendo poder y control a manos de otra familia, la Carolingia, que actuaban como sus Mayordomos de Palacio y ostentaban el poder de facto.  

En el 751 ya se dejaron de tonterías y Pipino el Breve (llamado así por su corta estatura) derrocó al último rey merovingio, Childerico III. Pipino hizo buenas migas con el papa Esteban II, que lo legitimó en el poder, a cambio el franco conquistó para él los territorios cercanos a Roma, creando los Estados Pontificios. 

 Estatua de Pipino

Estatua de Pipino

A su muerte, y tras un breve tiempo en el que compartió el poder con su hermano, Carlomagno heredó un fortalecido reino franco que se encargaría de convertir en la primera potencia europea.

A partir del 772 se dedicaría a guerrear en todos los frentes posibles para expandir sus fronteras. Hacia el este luchó con los sajones, llegando incluso más lejos que los romanos, que quedaron bloqueados tras Teutoburgo. Hacia el sur conquistando parte de Italia a los lombardos y hacia el suroeste, creando la Marca Hispánica para contener a los musulmanes. 

 Carlomagno por Durero

Carlomagno por Durero

Carlomagno se había convertido en el adalid de la cristiandad, además de un mecenas de la cultura, recuperando una pequeña parte del esplendor de siglos pasados, llamado el Renacimiento Carolingio, fue un periodo de un resurgir de las artes que no volvería a pasar hasta siglos después. Todo esto culminó en la Navidad del año 800, cuando el papa León III lo nombró Emperador. De esta forma, el nuevo Imperio franco se convertía en el sucesor del antiguo Imperio romano.

Carlomagno muere en el 814, dejando su legado a su único hijo superviviente, Ludovico Pío. Aunque empezó con buen pie, fortaleciendo aún más las fronteras. Se vio inmerso en una serie de guerras civiles instigadas por sus cuatro hijos, que provocarían la caída del Imperio. Tras su muerte, sus tres hijos supervivientes se repartieron el Imperio en el Tratado de Verdún en el 843.

 La máxima extensión del Imperio

La máxima extensión del Imperio

Lotario, el mayor, se quedó con las dos capitales imperiales, Aquisgran (actual Aachen) y Roma y toda la zona central que hay entre los dos. 

Luis se quedó con la zona este, creando el reino que acabaría siendo el Sacro Imperio Romano Germánico, antecedente de la actual Alemania.

Y el tercero, Carlos el Calvo, se quedó con el Oeste, más o menos lo qué es hoy la actual Francia

Más tarde, en el 884, Carlos III el Gordo, consiguió casi la reunificación, pero unas revueltas empezadas por su sobrino Arnulfo, volvió a disgregar al imperio, volviendo a aparecer un buen número de países independientes, llevando al típico escenario medieval en el que un montón de estados guerrean entre ellos por la supremacía. Pero la semilla de algunos de ellos ya estaba plantada y su destino asegurado.