Lolo, el burro que pintó un cuadro

A principios del siglo XX hubo una revolución en el arte, el llamado arte vanguardista, que pretendía romper con lo anterior y experimentar con nuevas formas y estilos hasta ahora inexistentes. La mayoría de estos nuevos artistas lo pasaron realmente mal al principio porque sus obras no eran aceptadas por los críticos de arte. Esta es la historia de una venganza contra ellos.

Una nueva concepción del arte había nacido, pero los críticos de arte no la aceptaron demasiado bien. Uno de esos sitios fue París, donde cientos de nuevos artistas malvivían en barrios como Momtmartre, mientras veían como eran rechazados para exponer en las galerías de la ciudad, frustrando sus intentos por convertirse en famosos artistas. Así que, por norma general, se dedicaban a beber y a pasarlo bien en bares y cabarés. A uno de ellos, el más antiguo de París, el Lapin Agile (que sigue abierto a día de hoy), era asiduo Roland Dorgeles, un periodista muy amigo de muchos pintores y conocido por ser un gran bromista.

 Roland Dorgeles

Roland Dorgeles

En 1910, tras el enésimo rechazo por parte de los críticos para exponer en el edificio de la Sociedad de Artistas Independientes, un grupo de artistas, encabezados por Dorgeles, decidieron vengarse y reírse de todos. El dueño del Lapin Agile tenía un burro, al que llamaban Lolo y todos adoraban. Mientras se reían y bebían absenta, ataron a la cola del burro un pincel y le pusieron un lienzo detrás, y animándolo a mover el rabo mientras le daban zanahorias le dejaron que fuera dando pinceladas sobre el lienzo hasta que les gustó el resultado. Pero esto no era sólo una broma tonta, habían llamado a un notario, que firmó que el cuadro en cuestión lo había pintado el burro Lolo.

 El Lapin Argile a día de hoy

El Lapin Argile a día de hoy

Después, de alguna manera, consiguieron colarse en la exposición y cambiaron uno de los cuadros por el de Lolo y se fueron sin ser vistos, o bien sobornaron a los guardias nocturnos. Por la mañana, cuando se inauguró la exposición, los críticos de arte encontraron un cuadro que no conocían, firmado por un tal Joachim-Raphaël Boronali, y que se llamaba Y el Sol durmió sobre el Adriático. A los críticos les encantó, les parecía fresco y muy interesante, eso sí era arte moderno, no lo que hacían esos borrachos de Montmartre. El cuadro llegó a los periódicos y el nombre de Boronali se hizo famoso. Fue el propio Dorgeles el que se encargó de filtrar en la prensa de que el nuevo artista era un genovés de la vanguardia del futurismo.

La Sociedad de Artistas Independientes hizo un llamamiento para que se presentase Boronali, ya que su cuadro estaba siendo una sensación y querían sacarlo a subasta ya que mucha gente estaba dispuesta a comprarlo.

 El cuadro en cuestión

El cuadro en cuestión

Y allí aparecieron Dorgeles y su cuadrilla, muertos de risa y con el acta del notario en la mano. La noticia no se hizo esperar y los críticos de arte parisinos quedaron a la altura del betún, demostrando que no estaban siendo objetivos con sus críticas, abriendo una puerta para que los nuevos artistas pudiesen exponer. Eso sí, consiguieron una venganza final, la galería de arte, que había quedado tan mal como los críticos, vendió el cuadro, pero el dinero no llegó a los artistas, ya que, basándose en una artimaña legal, consiguieron que el cuadro se declarase como si fuera de un artista anónimo y se quedaron con el dinero, un pequeño consuelo para semejante humillación.