Las Catacumbas de París, un enorme cementerio debajo de la ciudad.

Debajo de la Ciudad de la Luz, en oscuros y largos túneles, descansan apilados los huesos de millones de personas, formando el mayor osario del mundo.

A finales del siglo XVIII, a París le asolaban dos problemas, bueno, seguramente unos cuantos más, pero nos centraremos en estos dos. Los cementerios parisinos estaban desbordados, guardaban huesos con décadas y décadas de antigüedad en unas instalaciones precarias y demasiado pequeñas para la creciente ciudad, provocando situaciones muy insalubres y numerosos brotes de enfermedades. Por otro lado, de vez en cuando, enormes agujeros se abrían en el suelo de la capital, engullendo carromatos, edificios e incluso a ciudadanos con muy mala suerte.

 Entrada a las catacumbas

Entrada a las catacumbas

El primer problema tenía una parte fácil de solucionar, como otras grandes ciudades, París abrió nuevos cementerios en las periferias de la urbe, alejando las posibles enfermedades del centro, pero la otra parte no era tan fácil, ¿qué hacer con los miles de huesos que ya se encontraban enterrados en los antiguos cementerios? Pues la solución fue el segundo problema de París, los enormes socavones.

Desde la época romana, en París se habían descubierto enormes minas de piedra caliza que habían sido explotadas durante siglos y que se habían abandonado muchos años atrás. Estas viejas minas eran las que provocaban los agujeros al colapsar. La ciudad estaba completamente horadada de túneles que la recorrían de lado a lado, por lo que fue necesario bajar y apuntalar todas las estructuras a lo largo de unos 300 kilómetros para mantenerla a salvo.

En 1786, el Inspector General de Canteras, Charles-Axel Guillaumot, mientras se encontraba en las profundidades se dio cuenta de que ahí sobraba espacio y propuso trasladar ahí los restos de los cementerios. Y dicho y hecho, los primeros restos fueron los de Saint Nicolas des Champs en 1788, y en el siguiente año y medio se trasladaron millones de huesos más, de noche claro, tampoco era plan de traumatizar a media ciudad. Hasta el año 1870 se estuvieron bajando restos.

 Calaveras haciendo formas

Calaveras haciendo formas

Pero había que decidir cómo colocarlos, y ahí el Inspector General de Canteras, que se había levantado con la vena artística, tuvo una idea, colocarlos formando una enorme muralla de huesos, usando las calaveras y los huesos más prominentes para formar dibujos y formas y que todo quedara más bonito, y tétrico, todo hay que decirlo. Y así se fueron colocando los huesos de 6 millones de personas. Divididos por cementerios, con placas identificativas y mostrando el año de enterramiento.

 Inscripción indicando de donde vienen los huesos

Inscripción indicando de donde vienen los huesos

Y París se libró de las enfermedades y de los agujeros, pero no todo iba a ser tan bonito. La red de túneles era demasiado extensa para poder vigilarla adecuadamente, por lo que se colaba un montón de gente, algunos, muy encantadores ellos, empezaron a realizar misas negras, otros dejaron grafitis (que aún se conservan y que son viejísimos) y otros sólo querían explorarlas y se terminaban perdiendo. Además durante las numerosas revueltas de París y también durante la Segunda Guerra Mundial, las catacumbas fueron usadas por los distintos bandos como almacenes, lugares de huída y de reunión.

En 1955 se decidió cerrar la mayoría de los recintos, dejando solo una pequeña parte, un kilómetro y medio, para las visitas guiadas, que aún hoy día se pueden hacer, y que si vais a ir a París, tenéis que visitar de forma obligada y enfrentaros, quizás, a uno de los principales temores de la humanidad, la visión de la muerte.