Hiroo Onoda, el soldado que no quiso rendirse.

Hiroo Onoda, el soldado que no quiso rendirse.

En la Segunda Guerra Mundial, una vez que los americanos consiguieron reponerse de Pearl Harbour y empezaron a desplazar a los japoneses de su control sobre el pacífico, la guerra se tornó especialmente virulenta y cruel, ya que los japoneses no estaban dispuestos a ceder ni un milímetro de ninguna de las islas conquistadas, por lo que decidieron, ante la mayor capacidad bélica estadounidense, que se lo pondrían muy difícil. La guerra de guerrillas fue una de las estrategias tomadas y ahí entra en juego nuestro protagonista.

Onoda fue entrenado como oficial de inteligencia y enviado a la isla de Lubang, en Filipinas, donde su misión era la de dificultar la invasión americana fuese como fuese, eso sí, no teniendo permitido rendirse o suicidarse, tendría que luchar hasta ganar o morir. Sus oficiales superiores le habían prometido que pasara lo que pasara irían a buscarlo cuando ganaran la guerra y debería aguantar como fuera hasta entonces.

Hiroo Onoda en el 44

Hiroo Onoda en el 44

Onoda llegó a finales del 44 a Lubang, pero desde el principio tuvo problemas para llevar a cabo su misión, ya que el resto de soldados no tenían su misma iniciativa, poco después del desembarco americano el 28 de Febrero del 45, sólo quedaba él y otros tres soldados, el resto habían muerto o se habían rendido. Pero Onoda, liderando a su pequeño pelotón se internó en las montañas para, desde ahí, seguir con su labor. En Septiembre del 45 Japón firmó la rendición.

Al mes siguiente, el grupo encontró un panfleto que indicaba que la guerra había acabado y los instaba a bajar de las montañas, Onoda, como oficial de inteligencia, creyó que era una trampa, además, para él era impensable que el poderoso Imperio Japonés se hubiese rendido, así que siguieron a lo suyo. A finales de año volvieron a lanzar panfletos sobre las montañas, esta vez firmados por altos mandos japoneses, pero el grupo de supervivientes tampoco se lo creyó, olía a trampa…

Y llegamos a 1950, uno de los cuatro, decidió irse y se entregó a las autoridades locales, descubriendo que todo era verdad. El resto siguió atacando y tendiendo trampas a cualquiera que se les acercara.  En el 54 murió uno de ellos, en una confrontación contra un grupo de hombres que los buscaba. Por esas fechas volvieron a lanzar panfletos y fotos de sus familiares pidiendo que se rindieran, nada, para ellos todo era un trampa. Al final los dieron oficialmente por muertos, pero nada más lejos de la verdad.

Todo soldado japonés llevaba una katana consigo

Todo soldado japonés llevaba una katana consigo

Los dos supervivientes, Onoda y el soldado de primera Kinshichi Kozuka, siguieron con su guerra de guerrillas, quemando campos y liándose a tiros con cualquiera con el que se encontraran, durante los siguientes 20 años, hasta que en 1972, Kozuka acabó muerto tras un combate con la policía filipina.

La historia de Onoda ya era toda una leyenda en Japón, y un estudiante, Norio Suzuki, decidió ir a buscarlo por su cuenta, y lo encontró, en 1974. Suzuki consiguió acercarse a Onoda y trabar amistad. Suzuki le explicó que la guerra ya había terminado, pero aún así, Onoda le dijo que no podía rendirse sin una orden directa de sus superiores. Suzuki le sacó unas fotos y volvió a Japón. El revuelo que se montó fue tal, que el gobierno japonés buscó al oficial superior de Onoda, el mayor Taniguchi, que llevaba años retirado y ahora era librero, y se lo llevó a Filipinas.

El 9 de Marzo, Taniguchi se encontró con Onoda y le informó de la derrota y lo liberó de su tarea.  Onoda llevaba 29 años combatiendo en la selva, pero entregó su uniforme, increíblemente impecable, y su espada y fusil, que funcionaba perfectamente, junto con 500 balas y varias granadas.  El presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos, decidió indultarlo a pesar de haber matado a varios civiles.

En el momento de rendirse

En el momento de rendirse

Onoda regresó a Japón, pero el país que se encontró le decepcionó y decidió emigrar a Brasil, a una pequeña comunidad japonesa, para criar ganado, pero en el 84, tras enterarse de que un joven japonés había matado a sus padres, decidió volver a la isla para abrir una escuela, donde impartía disciplina y educación a una sociedad que creía demasiado relajada.

Onoda de anciano

Onoda de anciano

Onoda falleció el 16 de Enero de 2014, con 91 años, tras una vida de película.