El Dreadnought, cuando la Armada Británica cayó en el timo de la estampita.

El Dreadnought, cuando la Armada Británica cayó en el timo de la estampita.

El Círculo de Bloomsbury era un grupo en el que se reunían una serie de intelectuales de principios de siglos XX, entre ellos destacan la escritora Virgina Woolf, el psiquiatra Adrian Stephen, el abogado Guy Ridley, el naturalista Anthony Buxtony  el pintor Duncan Grant, capitaneados por el poeta Horace de Vere Cole.

El objetivo del Círculo era romper un poco la encorsetada moral victoriana imperante en la época y vamos, cachondearse un poco de todo el mundo en general. Cole ya era conocido por sus bromas, como hacerse pasar por el primer ministro, al que se parecía mucho, y poner a parir a su partido en una reunión, o, se cree, ser el responsable de uno de los mayores fraudes de la paleoantropología, el Hombre de Piltdown, el supuesto eslabón perdido entre el mono y el hombre, una broma que duró 40 años, hasta que se descubrió que efectivamente tenía mucho de simio y de hombre, concretamente una mandíbula de gorila en la cabeza de un hombre moderno, pero esa ya es otra historia…

El HMS Dreadnought era el barco insignia de la Royal Navy desde su botadura en 1906. Era lo última en tecnología naval, el primer acorazado a vapor y el más rápido y mejor armado en su momento, aunque en sus 15 años de vida apenas entró en combate.

El 7 de Febrero de 1910, Cole ideó un plan para burlarse de la Armada Británica aprovechando que el Dreadnought estaba en puerto. Haciéndose pasar por el príncipe abisinio (actual Etiopía) Mussaka Alí y su corte pusieron en entredicho a todo el alto mando de la marina.

¿Y cómo lo hicieron? Pues con imaginación y mucha cara dura. Tres de ellos, incluida Virginia Woolf, se pintaron de negro con maquillaje (si, como un rey Baltasar cualquiera) y se vistieron con turbantes, Stephen se disfrazó de interprete alemán y el propio Cole de representante del Ministerio de Exteriores. De esa guisa llegaron a la estación de Paddington donde solicitaron un tren para Weymouth, alegando que el príncipe quería ver con sus propios ojos al revolucionario acorazado, desde allí, donde ya tenían fascinado a todo el mundo, enviaron un telegrama avisando de la llegada de la comitiva real.

La foto del grupo

La foto del grupo

Una vez allí, la Armada, avisada por el telegrama, desplegó toda su fanfarria: Guardias de honor, alfombras rojas, todo el alto mando vestido de gala y la banda de música tocando. En el buque los recibió el almirante Sir William May, rindiéndole honores mientras ondeaba la bandera y sonaba el himno de Zanzíbar, se ve que ni los británicos tenían muy claro a quien estaba agasajando.

Durante 40 minutos estuvieron dando vueltas por el barco hablando entre ellos en una mezcla de suajili, griego (usando citas de Homero y Herodoto) y un poco de latín, pero nadie se dio cuenta de nada, ni siquiera cuando a uno de ellos casi se le cae el bigote cuando empezó a lloviznar, incluso pidieron alfombras para rezar a la Meca. Para rematarlo, cada vez que veían algo que les llamaba la atención exclamaban ¡Bunga, Bunga! Cuando acabó la visita los despidieron con honores de nuevo mientras sonaba el famoso “God save the queen”. Nadie los reconoció, ni siquiera Willier Fisher, primo de Virginia y Stephen.

Cuando llegaron a casa, entre risas y más risas, y no era para menos, Cole escribió al Dayli Mirror y les contó la historia enviándoles además una foto del “príncipe y su séquito”, a los pocos días todos los periódicos de Inglaterra se mofaban del almirantazgo de la armada británica.

Caricatura de un periódico de la época

Caricatura de un periódico de la época

El asunto llegó hasta el Parlamento británico que pidió explicaciones. Aunque en la Royal Navy algunos se lo tomaron con humor, la mayoría se enfadó mucho y pidió el encarcelamiento de Cole y sus secuaces, pero estos no habían quebrantado ninguna ley, salvo el envío del telegrama con firma falsa, pero como no se sabía quien la había falsificado no se podía hacer nada. Los intentos por castigarlos o que pidieses disculpas cayeron en saco roto.

Inmediatamente esto trajo otras consecuencias, los visitantes que iban al Dreadnought solían gritar ¡Bunga, bunga! Y cuando el auténtico emperador de Abisinia  vino de visita, los niños corrían detrás de él gritando la famosa frase, y cuando este solicitó visitar el acorazado, su petición fue denegada, para evitar el mayor escarnio que podía provocar y que tanto escocía a la Armada, por cierto, ¿sabéis quién era el Emperador? Pues este señor.