La cruzada de los pobres, o como morir todos por Dios.

La cruzada de los pobres, o como morir todos por Dios.

La religión ha sido utilizada en innumerables ocasiones para fomentar odio y ocasionar muchísimo dolor, a día de hoy tenemos un ejemplo muy claro con el Daesh. Pero esta vez remontémonos unos siglos atrás, cuando era Europa la tierra llena de fundamentalistas, concretamente a la Edad Media, a finales del siglo XI cuando el papa Urbano II decide convocar la Primera Cruzada para liberar Tierra Santa.

Pongámonos en antecedentes, el emperador bizantino Alejo I Comneno se encuentra en clara desventaja contra sus enemigos, los turcos selyúcidas y decide pedir ayuda a occidente esperando conseguir tropas mercenarias para poder defenderse mejor, pero la respuesta de la Iglesia católica fue tan abrumadora que pronto se arrepintió de su petición.

El papa Urbano II, un fanático religioso, obsesionado con volver a unir a la Iglesias tras el Cisma de Oriente, 40 años antes, y que se creía predestinado a ser el líder que destruiría el Islam y unificaría de nuevo a los cristianos, decide hacer suya la petición del emperador y azuza a toda la cristiandad para que marchen contra los infieles y recuperen Jerusalén. A lo largo de muchos años, una gran cantidad de reyes y nobles, debidamente armados y con un buen número de soldados respondería a esta petición, consiguiendo incluso algunos éxitos. Pero no vamos a hablar de ellos, sino de las otras cruzadas, las protagonizadas por el populacho, que creyendo que encontraría la paz eterna se lanzaron alegremente a su muerte.

Estatua de Urbano II

Estatua de Urbano II

El primer caso lo encontramos al principio de la I Cruzada, otro fanático, un cura llamado Pedro de Amiens, conocido como Pedro el Ermitaño por sus pintas, iba sin afeitar y con una túnica como única ropa, recorre Francia e Italia prometiendo la absolución a todos los que se unan a él. La gente pobre se prenda de él, no tienen nada y nada tienen que perder, hasta 10.000 personas se unen a sus avance y marchan hacia Constantinopla, arrasando todo lo que encuentran a su paso y sin respetar a nadie ni nada, y eso que muchas veces se encontraban con otros cristianos, ya no os digo como se ponían cuando lo que encontraban eran judíos… Una gente muy maja, pero desarmada, apenas llevaban más que lo puesto, y a pesar de que había algún caballero armado entre ellos, la mayoría no llevaba más que sus manos desnudas para conquistar Jerusalén, simplemente creían que Dios estaba de su parte y que los llevaría a la victoria.

Mapa que muestra el trayecto 

Mapa que muestra el trayecto 

La cara de Alejo I Comneno al ver entrar a semejante hueste de desarrapados por Constantinopla cuando él había pedido mercenarios armados debió de ser bastante cómica. Como no era un hombre tonto, y viendo que les iban a provocar más problemas que otra cosa, los convenció de seguir hacia Nicea, ciudad en manos de los turcos y empezar por ahí la reconquista, les puso barcos y les ayudo a cruzar para librarse de ellos.

Ya en tierras turcas, las cosas empezaron a ir un poco peor, empezaron a ser hostigados por el ejército selyúcida, que eran unos profesionales que no se andaban con tonterías. Así que Pedro el Ermitaño, que por muy santo que se creyese, le bajaron los pies a la tierra, y poniendo como excusa que debía volver a Constantinopla para buscar más tropas, deja a su ejército de pobres solos ante los turcos. No tuvieron ninguna posibilidad, los exterminaron, y los pocos que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos.

Estatua dedicada a Pedro el Ermitaño

Estatua dedicada a Pedro el Ermitaño

¿Y qué le pasó al inductor de semejante matanza? Pues volvió a Europa, donde fundó un monasterio en Bélgica y vivió tranquilo el resto de su vida. Sobrada recompensa para tal hijo de puta.